Trascendencia suficiente: “Entre Iloca y Dichato”
Matías Allende ContadorEl 27 de febrero del 2010 un terremoto grado 8.8 remece una basta zona de nuestro país, sobre todo en el epicentro de la catástrofe, entre las localidades de Iloca y Dichato. La muestra ofrecida por Rafael Guendelman y Sebastián Riffo elabora un relato con lo sucedido.

Para que las acciones cobren valor, es decir, se vuelvan reales, deben participar en una “realidad” transcendente (parafraseando al mitólogo rumano Mircea Eliade). Qué más trascendente, que mayor acontecimiento colectivo, que la pérdida masiva de vidas en fracción de segundos. Nunca es – o lo fue- necesario vivir la crudeza propia de la perdida por medio de la naturaleza, sino simplemente experimentarla en distintos grados, con el relato de un familiar sureño o mirando la televisión. El simple hecho de que el país, por completo, se viese afectado por las fuerzas naturales ya nos otorgaban una opinión.
Los terremotos anteriores no se olvidaron, subsisten en el imaginario de la lejanía, los espectadores/actores de aquellos desastres desaparecen y sólo nos quedaba el mito de sus narraciones, que llegaban de voz en voz. Guendelman y Riffo en “72º57'46'' S 36º12'28'' O Entre Iloca y Dichato” rescatan, con el tiempo preciso, en el instante perfecto, el mito de nuestra propia vivencia del terremoto de 2010. El mito como base de la construcción simbólica de una realidad, trascendente al ciudadano, al ser, a toda percepción metafísica o religiosa, a la tradición o a la ciencia. La palabra, el relato, se preserva en lo colectivo, lo comunitario, en la relación cotidiana – franca y usual- donde las convenciones no caben y la anécdota, como trazo de vida, cobra cuerpo y sentido.
El “viaje iniciático” del que hablan los artistas es el mismo paso místico del que se valían algunos los pueblos originarios para que los hombres avanzaran de jóvenes a adultos. Viaje iniciado que en la obra de Guendelman se nos presenta por medio de videos, los cuales con cámara en mano, filma la desolación de un poblado en medio de la ruina. El estado de catástrofe de esos lugares no cambia, o mejor dicho, cambia de manera lenta, crece de forma distinta. Ya las comunidades no son lo que eran antes, la gente no quiere acercarse al mar. Los relatos conexos o inconexos (dependiendo de lo que quiere escuchar el espectador), no relatan de manera objetiva, fría y desnaturalizada los acontecimientos del 27 de febrero. Más bien, nos acercan a las afecciones personales de personas cotidianas, donde tal vez y de manera absurda, evocan otros recuerdos que ligan al terremoto, esté como mito sigue en marcha. En los trabajos audiovisuales de Guendelman no vemos la denuncia, pues sobrepasa eso, se nos muestra el gobierno con sus actos descarados entre tanta perdida, siendo nada más que otro componente de este relato tragicómico. Y presente está también, la naturaleza, el mar con voz calma, cuando en el mismo lugar azoto con dureza.
Estos lugares pervertidos por la mano del hombre, que en el dolor y desesperación han querido preservar a sus seres queridos, y que podemos ver en los videos de Guendelman, configuran un paisaje ajeno. Tal vez la singularidad del lugar, que junto con el tríptico de Riffo (óleo sobre tela 6mt x2 mt en total), nos rememora un sueño. André Breton señalaba que América es un continente propiamente surrealista, al componente onírico podríamos agregar categorías como mágico, fantástico, imposible, irreal. Estos conceptos están en la pintura de Riffo, en ella vemos como un conteiner que tras el maremoto quedo varado en la Isla Orrego (cercana a Constitución). La estructura metálica queda en la orilla sobre la arena, entre los árboles. Pareciera una situación ficticia, ¿cómo un volumen metálico de tamaña proporción - muy similar al que ponen en exposición fuera de la galería- queda en medio de una playa?. Esto preserva a través del relato, lo fantástico del hecho se conserva en voz de sus espectadores, y de nosotros quienes observamos la pintura de Sebastián Riffo.

Para completar la muestra tenmos unas acuarelas de Rafael Guendelman que son aproximaciones de estudios geofísicos de los movimientos telúricos. En ellas vemos una cierta riqueza visual, donde los colores se conjugan a la perfección, las formas se expanden. Estas formas familiarizadas por los medios de comunicación tras el terremoto, son contrastadas por dibujos a carboncillo de Sebastián Riffo. Estos dibujos son el ejercicio opuesto de lo presentado por Guendelman. Si el primero nos muestra el movimiento de la tierra en las oscilaciones ficticias de los científicos, el segundo presenta con crudeza un fragmento de realidad, por medio de los encuadres de un suelo afectado que percibió la ruina con escombros y basura.
“Entre Iloca y Dichato” de Sebastián Riffo y Rafael Guendelman, es el discurso visual que atestigua el terremoto, o más bien, el mito entorno al terremoto. Además su propio viaje místico para pasar a otro estado, una conducta de exploración sin distancia. Desde la distancia de un Santiago vertiginoso lo acontecido el 27 de febrero del 2010, se ve con una lejanía radical, un hecho que se mantiene sólo en el relato colectivo, como un cuento de infancia o una anécdota de turistas.
Sufficient significance: “Between Iloca and Dichato”
Matías Allende ContadorOn February 27, 2010, an 8.8-magnitude earthquake shook a vast area of our country, particularly in the epicenter of the disaster, between the towns of Iloca and Dichato. The exhibition curated by Rafael Guendelman and Sebastián Riffo tells the story of what happened.
For actions to take on value—that is, to become real—they must participate in a transcendent “reality” (to paraphrase the Romanian mythologist Mircea Eliade). What could be more transcendent, what greater collective event, than the massive loss of lives in a fraction of a second? It is never—or was never—necessary to experience the harshness of loss at the hands of nature firsthand, but simply to experience it to varying degrees, through the account of a relative from the south or by watching television. The mere fact that the entire country was affected by natural forces already gave us a perspective.
The earthquakes of the past have not been forgotten; they linger in the collective imagination from afar. The spectators and participants of those disasters have vanished, and all that remains is the myth of their stories, passed down from one voice to another. Guendelman and Riffo, in “72º57'46'‘ S 36º12'28’' W Between Iloca and Dichato,” capture, with precise timing, at the perfect moment, the myth of our own experience of the 2010 earthquake. Myth as the foundation for the symbolic construction of a reality that transcends the citizen, the individual, all metaphysical or religious perception, tradition, or science. The word, the narrative, is preserved in the collective, the communal, in everyday relationships—frank and ordinary—where conventions have no place and the anecdote, as a trace of life, takes on form and meaning.
The “rite of passage” referred to by the artists is the same mystical transition that some indigenous peoples used to mark the transition from youth to adulthood. In Guendelman’s work, this rite of passage is presented through videos in which he uses a handheld camera to film the desolation of a village in ruins. The state of catastrophe in these places does not change—or rather, it changes slowly, evolving in a different way. The communities are no longer what they once were; people no longer want to go near the sea. The related or unrelated narratives (depending on what the viewer chooses to hear) do not recount the events of February 27 in an objective, cold, and detached manner. Rather, they bring us closer to the personal experiences of ordinary people, where perhaps, and in an absurd way, they evoke other memories linked to the earthquake—a myth that continues to unfold. In Guendelman’s audiovisual works, we do not see an indictment, for it goes beyond that; we are shown the government with its brazen actions amidst so much loss, serving as nothing more than another component of this tragicomic narrative. And nature is also present—the sea with a calm voice, even as it lashed out with fury in the very same place.

These places, distorted by human hands—places where people, in their pain and despair, have sought to preserve their loved ones, and which we can see in Guendelman’s videos—form an alien landscape. Perhaps the uniqueness of the place, together with Riffo’s triptych (oil on canvas, 6 m x 2 m in total), reminds us of a dream. André Breton noted that America is a truly surrealist continent; to the dreamlike element we could add categories such as magical, fantastic, impossible, and unreal. These concepts are present in Riffo’s painting, in which we see a container that, following the tsunami, was stranded on Orrego Island (near Constitución). The metal structure lies on the shore in the sand, among the trees. It seems like a fictional scenario: how could a metal object of such massive proportions—very similar to the one on display outside the gallery—end up in the middle of a beach? This narrative preserves the fantastical nature of the event, which is conveyed through the voices of its viewers and of us who observe Sebastián Riffo’s painting.
Rounding out the exhibition are watercolors by Rafael Guendelman that offer interpretations of geophysical studies of seismic movements. In them, we see a certain visual richness, where colors blend perfectly and forms expand. These forms, made familiar by the media in the aftermath of the earthquake, are contrasted by charcoal drawings by Sebastián Riffo. These drawings are the opposite of what Guendelman presents. While the former shows us the earth’s movement through scientists’ fictional oscillations, the latter starkly presents a fragment of reality through close-ups of affected ground that witnessed the ruin amid rubble and debris.

“Between Iloca and Dichato” by Sebastián Riffo and Rafael Guendelman is the visual discourse that bears witness to the earthquake—or rather, the myth surrounding the earthquake. It is also their own mystical journey to enter another state, an act of exploration without distance. From the distance of a dizzying Santiago, the events of February 27, 2010, are viewed with a radical detachment—an event that persists only in the collective narrative, like a childhood story or a tourist anecdote.

